Tiene nueve años, vive en la vereda San Isidro y cursa cuarto de primaria. Le gustan los animales, sueña con ser futbolista y, gracias a sus padres, ha aprendido desde pequeño a reconocer especies, sembrarlas y cuidarlas. Por eso, cuando en la escuela le explicaron que un valor podía cultivarse igual que una planta, la idea le resultó familiar.
Terminada la exposición, llegó el momento de llevar esa reflexión al terreno. José Antonio caminó hacia la huerta del Centro Educativo Permanente Mazo con una pequeña planta entre las manos. A simple vista parecía una actividad más de las que suelen realizarse en esta escuela rural rodeada de montañas, flores y caminos veredales. Pero para él no se trataba únicamente de sembrar una planta. Ese día estaba sembrando la solidaridad.
Mientras acomodaba la tierra y observaba con atención el lugar donde quedaría su plántula, entendía que aquello que estaba cultivando iba mucho más allá de una especie vegetal. La planta llevaría el nombre de un valor y crecería junto a él durante el tiempo que le queda en la escuela.
El niño asegura que Sawamediación también le ha enseñado a manejar mejor sus emociones. Cuando se enoja con su hermana suele tomarse unos minutos para tranquilizarse y, si el disgusto continúa, termina buscándola para volver a jugar. Son pequeños gestos que reflejan la misma idea que ahora deja sembrada en la huerta: las relaciones, como las plantas, necesitan cuidado para crecer.
Así comienza una de las fases de esta experiencia pedagógica que convirtió la convivencia escolar en un proceso tan cercano como sembrar una semilla y esperar pacientemente su cosecha.
José Luis y la palabra que sembró una transformación
La historia de Sawamediación comenzó lejos de Santa Elena. A miles de kilómetros de distancia, en el sur de África, existe un saludo tradicional de la cultura zulú que llamó la atención de José Luis Mosquera Blandón, Profesional de Apoyo Institucional del Programa Escuela Entorno Protector en el Centro Educativo Permanente Mazo. La palabra significa: “Te veo, eres importante para mí y te valoro”.
La frase quedó resonando en su mente durante mucho tiempo. Cuando llegó a la institución educativa encontró una oportunidad para convertir esa idea en una experiencia cotidiana. Pero antes de pensar en una estrategia, observó el territorio, escuchó a los estudiantes y conversó con los docentes. Comprendió que cualquier propuesta de convivencia debía hablar el mismo lenguaje de la comunidad. “Yo quería que tuviéramos un significado en la escuela para la manera en que nos saludamos”, recuerda.
La primera actividad fue un círculo de apreciación con los estudiantes. Antes de explicar el significado de Sawubona, les preguntó qué creían que quería decir. Algunos respondían que sonaba a agua; otros, a árboles o elementos de la naturaleza. Cuando finalmente conocían su significado, algo cambiaba. “Se sorprendían muchísimo”, cuenta.

Lo que comenzó como una actividad puntual empezó a extenderse por toda la comunidad educativa. Los niños comenzaron a saludarse diciendo Sawubona, luego se sumaron los docentes y más tarde las familias. La idea creció tanto que incluso la biblioteca del centro educativo terminó adoptando ese nombre. “Yo considero que la propuesta no es mía, es de todos”, afirma José Luis.
Sin proponérselo, la escuela empezó a construir un lenguaje común alrededor del reconocimiento y del respeto. Lo que había comenzado como un saludo terminó convirtiéndose en la semilla de una experiencia mucho más amplia.
Cuando la convivencia encontró sus raíces
Desde su trabajo en mediación escolar, José Luis encontró un punto de encuentro entre el significado de Sawubona y una necesidad concreta de la institución: fortalecer las formas en que los estudiantes resolvían sus diferencias.
La respuesta estaba en el territorio. En Santa Elena, donde muchas familias viven de la agricultura y los estudiantes crecen rodeados de huertas, surgió una pregunta sencilla: “¿y si la convivencia también pudiera cultivarse?”.
Así nació Sawamediación, una estrategia que une el espíritu de Sawubona con la mediación escolar y las prácticas agrícolas propias de la comunidad. “Así mismo como cultivamos una flor o un vegetal, que necesita agua, luz y cuidado, también podemos cultivar la convivencia”, explica José Luis.
Los estudiantes identifican valores que desean fortalecer, reflexionan sobre las situaciones que afectan la convivencia, trabajan junto a sus familias y finalmente siembran una planta en la huerta escolar como símbolo de ese compromiso. Con el tiempo, la estrategia dejó de ser una actividad puntual para integrarse a la vida cotidiana de la escuela.

Cuando surge una diferencia entre compañeros, la invitación sigue siendo la misma que inspiró el proyecto desde el principio: detenerse, mirar al otro, escucharlo y construir acuerdos para seguir creciendo juntos.
Una semilla que también crece en casa
Sawamediación no termina cuando finaliza la jornada escolar. Las familias participan activamente en las investigaciones, las carteleras y las actividades que acompañan el proceso, haciendo que las conversaciones sobre respeto, empatía y convivencia también lleguen a los hogares.
Catalina Lozano ha acompañado cada etapa junto a su hijo José Antonio. “La Sawamediación llega a la familia porque nos invita a trabajar desde el verte, respetarte y valorarte. Nos pareció muy interesante”, afirma. Para ella, uno de los mayores aportes de la estrategia es que permite explicar valores complejos a través de experiencias cercanas que los niños comprenden fácilmente.

La participación de las familias incluso transformó parte del lenguaje de la estrategia. Durante una actividad en la huerta, Catalina y su esposo propusieron reemplazar la palabra “maleza” por “arvense”, un término más preciso para referirse a las plantas que crecen junto a los cultivos. La idea fue tan bien recibida que hoy hace parte del lenguaje cotidiano de la escuela.

“Es explicarle que esa semilla hay que cultivarla y cuidarla para que más adelante llegue a ser algo mucho más grande y mucho más bonito”, afirma Catalina. Así, los aprendizajes comienzan a circular entre generaciones y la convivencia deja de ser una tarea exclusiva de la escuela para convertirse en una responsabilidad compartida.
Los frutos de una escuela que aprende a escucharse
Los cambios empiezan a reflejarse en situaciones cotidianas. José Antonio asegura que el proceso le ha ayudado a controlar mejor sus emociones y a buscar el diálogo cuando surge un conflicto. “Cuando alguien está enojado o hay un problema, es mejor hablar y buscar una solución”, dice.
Esa transformación también ha sido observada por los docentes. María Cristina Arango Maya, docente de cuarto grado, explica que cada planta sembrada representa un compromiso que trasciende la huerta escolar. “Más que el crecimiento de la planta, va a mirar cómo proyectar la solidaridad entre sus compañeros”, señala.
Los resultados ya comienzan a reflejarse en la convivencia escolar. Cada vez es más frecuente que los estudiantes recurran al diálogo para resolver sus diferencias y participen activamente en procesos de mediación. Para José Luis, uno de los mayores logros es que los niños hablan de semillas, cosechas, arvenses y valores como parte de su vida cotidiana. Una señal de que Sawamediación dejó de ser una actividad escolar para convertirse en parte de la cultura del Centro Educativo Permanente Mazo.
Cultivar futuro
En las montañas del corregimiento Santa Elena, donde las familias han aprendido durante generaciones a cuidar la tierra para obtener sus frutos, una escuela decidió aplicar esa misma lógica a las relaciones humanas.
Lo que comenzó con una palabra llegada desde África terminó convirtiéndose en una experiencia construida entre estudiantes, docentes, familias y profesionales que entendieron que la convivencia no aparece por decreto ni se resuelve únicamente a través de normas. Se siembra, se cuida, se acompaña y, con el tiempo, se cosecha.
José Antonio seguirá visitando la huerta para observar cómo crece la planta que representa la solidaridad. Mientras tanto, continuará aprendiendo a cultivar ese valor en el salón de clase, en su hogar y en cada uno de los espacios que comparte con otros niños.
Porque en el Centro Educativo Permanente Mazo comprendieron que cuando una comunidad aprende a sembrar respeto, empatía y diálogo, también está sembrando algo mucho más profundo: las bases de un futuro construido convivencia, cuidado mutuo y esperanza para quienes la habitan.
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Manuela Ospina Álvarez
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