Juan Guillermo Pérez Rojas
Decano
Escuela de Educación y Pedagogía
Universidad Pontificia Bolivariana
Como parte del Comité Académico de los Premios Medellín, la más educada, cada vez que pienso en el significado de la tarea que nos compromete con la ciudad me encuentro con una idea clara y, por demás, evidente: buscamos una transformación de la educación, en un ejercicio de construcción social del que todos somos parte.
Este significado parece estar internalizado en el ciudadano de Medellín; basta con escuchar a las personas hablar con toda propiedad sobre temas educativos en cualquier espacio público o privado. La escuela, el maestro, el currículo y la evaluación ya no son temas exclusivos de los que nos movemos en este medio en particular; ahora son propiedad común y este es un hecho de la mayor relevancia para una sociedad como la nuestra. Sin embargo, hay que trascender los niveles de comprensión que todos tenemos sobre lo que debe ser la educación.
La escuela es un producto de la sociedad que la origina. Este es un primer sentido de la transformación. La escuela da forma a la sociedad, en tanto que en ella están los ciudadanos adquiriendo formación para insertarse críticamente en la cultura; pero a la vez, la sociedad da forma a la escuela que le pertenece, porque en ella se mantiene viva su esperanza de supervivencia y bienestar. Por eso es que la sociedad busca maneras de regular la educación.
Otro de los sentidos de la transformación que se halla en los Premios radica en la comprensión de que la escuela también aprende. A mi modo de ver, el proceso de postulación y evaluación es un proyecto académico (que exige la construcción colaborativa de todos) en el que las instituciones son conscientes de los factores en los que tienen mayores fortalezas, pero también aquellos en los que necesita mejorar (o transformar).
Quienes hablan del tema de organizaciones que aprenden dicen que se alcanza este nivel cuando una institución optimiza el potencial formativo de sus procesos, adquiriendo una función cualificadora de sus integrantes, al tiempo que responde a las demandas del entorno y a los cambios externos. No se trata, entonces, del aprendizaje individual de los miembros de la escuela, sino de los aprendizajes de carácter colegiado en el desarrollo de sus prácticas.
De esta manera, a lo largo de las cuatro versiones de los Premios (incluyendo la de 2009) podemos identificar los aprendizajes que se desarrollan en la institución cuando se decide emprender este proyecto académico. De forma breve mencionaré algunos de ellos:
- Los Premios logran movilizar en la institución educativa, sujetos, saberes y competencias diferentes: se genera una sinergia de capacidades y recursos en torno al fin propuesto.
- La institución toma conciencia respecto a la existencia de prácticas y modos de ser propios: es un camino para el reconocimiento de la identidad.
- Preparar el proyecto (la postulación y la visita de verificación) permite un reconocimiento de las fortalezas y las carencias: se provocan nuevos aprendizajes.
- Se desarrolla un ambiente de cooperación y de inteligencia colectiva.
- Se hacen conscientes las opciones ético-políticas que están al interior del grupo: los modos concretos de hacerse oír en la sociedad y de influir en la toma de decisiones colectivas, respetando las reglas de juego establecidas.
- Se potencian procesos de autoevaluación y autorregulación de los individuos y del grupo.
Los Premios son la posibilidad de que la institución escolar otorgue sentido propio y contexto a la calidad de la educación (con todas las discusiones que se puedan hacer sobre este tema), más allá de la literalidad de los factores, las características, los indicadores, etc. que sirven de criterios para valorar una postulación. Lo que se evalúa, en últimas, es el horizonte de comprensión que la institución tiene sobre ella misma, sobre los sujetos que la componen, los procesos, los contextos; esto es, sobre el proceso de construcción colectiva que le ha permitido aprender y ser mejor, su apuesta por un modo de hacer las cosas bien para el cumplimiento de lo que se ha propuesto socialmente.
El reconocimiento que se entrega en la noche de gala no es el objetivo en sí mismo. El verdadero premio para la institución consiste en descubrirse, una mirada interior que muchas veces no se hace por la rutinización de las prácticas, la falta de coordinación, la desmotivación de la comunidad educativa, el temor al cambio, o simplemente por estar cumpliendo con las tareas que son impuestas a la escuela desde fuera y a la cuales hay que responder para garantizar su supervivencia.
La calidad no puede venir desde fuera de la escuela, impuesta a ella misma, sino que es el producto de la autodeterminación de las instituciones. Pero para ello hay que autoevaluarse; es decir, reconocerse y valorarse.